Donde nace el sol: girasoles en Atexcatzinco

*Cada año, la localidad de San Francisco Atexcatzinco se pinta de amarillo en un santuario floral que nació en 2022 por iniciativa de un grupo de emprendedores que apuestan por la fusión del turismo con el campo.

Jaime Carrera

Tetla de la Solidaridad, Tlax.- Dicen que hay paisajes que no se miran, se sienten. Que hay lugares donde el alma se detiene y respira distinto. Así es “Santum” en San Francisco Atexcatzinco, cuando el verano lo pinta de girasoles. Uno no llega, se entrega a un paisaje amarillo.

Es temprano aún, pero en el aire ya se siente la promesa de algo distinto. Una brecha de tierra conduce hacia el santuario, y con cada paso, la silueta de las flores se dibuja como una pintura.

Primero, aparece un par tímido, alto y curioso, como si fuera un centinela vegetal. Después, surge una ladera entera: muchas cabezas doradas que siguen el curso solar, erguidas como pequeñas catedrales de pétalo y tallo.

El campo no parece real. Es un mar amarillo, inmóvil, quieto, como si el mundo encuentra ahí un momento para detenerse. El ojo enfoca una alfombra viva que celebra al sol. Lo cotidiano queda atrás: el bullicio, las prisas, el concreto. Aquí, todo es luz.

Se camina entre los surcos como quien entra a un templo. Los girasoles, enormes, miran desde arriba con su centro oscuro y perfecto, rodeado por círculos concéntricos de amarillo encendido. Hay silencio. Solo suena el rumor del viento entre las hojas.

Un grupo de niños corre entre los vigías amarillos y familias posan en cada escenario lleno de color. Sin embargo, a pesar de la gente y las cámaras, el lugar guarda algo sagrado: una sensación de pertenencia a la tierra, a lo simple, a lo bello sin adorno.

Cada año, esta localidad del municipio de Tetla de la Solidaridad se pinta de amarillo en este santuario floral, que nace en 2022 por iniciativa de un grupo de emprendedores que apuestan por la fusión del turismo con el campo. La siembra inicia en febrero y concluye en junio.

Al mediodía, cuando el sol está en su cenit y los girasoles miran directamente al cielo, el espacio se convierte en un lugar místico. Aunque solo sea por un momento, uno forma parte de la naturaleza. Como si los girasoles no solo buscaran la luz, sino que también la ofrecieran.

Y así, con el rostro dorado por la tarde y el corazón sereno, uno deja el campo atrás. En el retrovisor, las flores quedan en fila, como si se despidieran. Como si dijeran: vuelve pronto, aquí siempre hay un lugar donde nace el sol.

 

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